jueves, 17 de mayo de 2012

Contextualización historica.

La Restauración: carácter y causas En medio del general desconcierto, un enésimo golpe de Estado, en diciembre de 1874, proclamaba la monarquía en la persona de Alfonso XII de Borbón, y ponía fin al breve experimento republicano. Este regreso al trono de los Borbones es lo que se conoce como "Restauración". Se trataba de una vuelta al orden querida por militares, la mayoría de la Iglesia, republicanos desengañados, la casi totalidad de empresarios y financieros, y en particular los grupos que se habían enriquecido con el comercio del azúcar cubano, grupos capitalistas nuevos, muy agresivos, que con sus capitales fundarán los grandes bancos españoles a finales de siglo. Estos grupos, se sabe, financiaron el golpe de Estado de 1874. Se iniciaba entonces un largo período de aparente estabilidad, entre 1875 y 1923, en cuanto que no hubo golpes de Estado, ni tampoco modificaciones a la Constitución aprobada en 1876. Se habló de "Restauración canovista", en honor a su principal ideólogo, el político conservador Antonio Cánovas del Castillo. No son pocas las causas que pueden explicar la estabilidad del régimen canovista: ­ Los principales partidos, el Conservador y el Liberal Progresista, asumen las reglas de juego parlamentarias, y comparten un mismo proyecto, el de la Constitución de 1876. Ambos partidos, que no eran sino agrupaciones de notables sin gran arraigo social, se irán alternando pacíficamente en el poder, imitando en las formas el modelo parlamentario inglés. En virtud de los llamados "Pactos de El Pardo", los conservadores de Cánovas y los liberales de Sagasta se sucederían pacíficamente en el poder, sin dejar espacio para terceros. ­ El Rey apoyó su autoridad en la Constitución y en las Cortes, no en los militares. En teoría el monarca estaba por encima de los partidos; era una especie de árbitro que garantizaba el buen funcionamiento de las instituciones. La Constitución de 1876 le otorgaba enormes prerrogativas, entre otras la de disolver el Parlamento, sancionar las leyes aprobadas por las Cortes onombrar los jefes de Gobierno, aunque éstos, para poder serlo, debían contar además con mayoría en el Parlamento. Todo Gobierno necesitaba de la "doble confianza" de Rey y Cortes. Hay que subrayar, pese a todo, que la idea de Cánovas no era la de "crear" un Rey poderoso que ahogara la vida política; aunque su poder era muy grande sobre el papel, se confiaba en que el monarca no haría un uso abusivo del mismo y aceptaría (voluntariamente) un protagonismo simbólico. ­ El Parlamento se convirtió en el centro de la vida política. Algunos historiadores han hablado de un "frenesí" reformista por el dinamismo de la vida parlamentaria. Las cámaras aprobaron leyes que iban desde las obras públicas hasta el enjuiciamiento criminal. Los gobiernos liberales de Sagasta incidieron más en la legislación social, aprobando leyes que garantizaban el derecho de reunión, imprenta o asociación. En 1890 vio la luz un nuevo Código Civil. Ese mismo año, con la oposición explícita de Cánovas, se aprobó una ley que garantizaba el sufragio universal masculino, una destacada conquista política ya practicada entre 1868 y 1875, y que sólo se perderá durante las dictaduras de Primo de Rivera (1923-30) y de Franco (1939-1975). ­ No hubo guerras importantes durante más de veinte años: en 1876 se rindieron los últimos carlistas y en 1878 la paz de Zanjón abrió un paréntesis en la guerra de Cuba. En el plano internacional, España practicó el "aislacionismo", política que promueve una reducida participación en la los asuntos del mundo. El Ejército asume un papel marginal en la vida política durante algunas décadas y acepta la primacía del poder civil, una de las máximas de toda sociedad avanzada. Si los militares intervienen para reprimir a los enemigos del régimen, no lo harán autónomamente, sino por un mandato político. ­ La Restauración tuvo un amplio apoyo entre los empresarios españoles. El arancel aprobado en 1891 fijaba unas tarifas altísimas a la importación de cereales y manufacturas, por lo que salieron beneficiados los grandes agricultores castellanos y los fabricantes de textil catalanes, que deseaban "protegerse" de la competencia de los trigos americanos y los tejidos ingleses, sensiblemente más baratos. Los perjudicados por esa política fueron los comerciantes y los menos pudientes, debido a la subida de precios de alimentos que siguió a la entrada del arancel: se llegó a hablar de "arancel del hambre"­ Otro apoyo importante vino de la Iglesia católica. La Restauración permitió que la Iglesia controlara la educación y la vida privada de los españoles, permitió la creación de conventos y órdenes religiosas, formalmente prohibidas desde 1836, y suspendió el matrimonio civil, reconociendo como legal sólo el canónico ­ Tampoco hubo una oposición nítida al sistema: el republicanismo había salido muy dañado de la experiencia de 1873, socialismo muy débil en el plano político, aunque tenía cierto vigor en el mundo sindical. Alguna importancia mayor tendrá el anarquismo. Y los nacionalismos catalán y vasco, aunque se gestaran a finales del siglo XIX, obtendrán sus mejores dividendos a partir más o menos de 1900. Pero esta estabilidad tuvo un precio. Como se ha dicho, los dos partidos dinásticos no eran organizaciones "de masa" tal como hoy se entienden los partidos políticos, sino restringidos grupos de dirigentes provinciales que para ganar las elecciones buscaban apoyos entre los caciques de los pueblos. Los caciques no eran sino los poderosos que habían hecho su fortuna en la desamortización, y que utilizaban ese poder para dar trabajo y hacer "favores" a sus vecinos. Por su posición social, los caciques eran muy bien tratados por los dirigentes nacionales de los partidos, que acudían a ellos en busca de votos en las circunscripciones rurales. Durante la Restauración, de hecho, el partido en el poder, conservador o liberal, "amañaba" los comicios con el apoyo de los caciques, y ganaba siempre. ¿Cómo? En su función de intermediario entre el Gobierno y el elector, el cacique o poderoso local intercambiaba votos por "favores" entre los votantes que entraran en su juego, que eran la gran mayoría. El elector dará su voto a quien le pida el cacique, y éste, en compensación, procurará encontrar trabajo o hacer "favores" al elector que siga sus recomendaciones. El caciquismo por tanto podría definirse como una corruptela política a través de la cual el Gobierno de turno se asegura la victoria en las elecciones pactando con los caciques o las personas más influyentes de los pueblos y distritos, quienes utilizan su influencia para atraerse el voto de los electores a cambio de "favores" o promesas de empleo. Estas prácticas, características del mundo rural, tenían su contrapunto en las ciudades, donde los caciques tenían menos poder e influencia. En Madrid y Barcelona, por ejemplo, fueron mayoría los partidos "no dinásticos", esto es, republicanos, socialistas y nacionalistas, pero ninguno de ellos tuvo (hasta bien entrado el siglo XX) fuerza suficiente como para erigirse en verdadera oposición al sistema de la Restauración. El sistema podía asumir la existencia de fuerzas políticas "externas" a él, porque no representaban un serio peligro a la estabilidad del mismo. Mucho se podrá criticar el caciquismo por su evidente indecencia, pero en realidad, éste no fue sino un reflejo de la realidad social española. Existió porque la sociedad española era rural, analfabeta, atrasada y muy desigual, en la que más de dos tercios de la población viven en municipios de menos de diez mil habitantes. El caciquismo, además, beneficiaba a todos los que entraban en sus redes: el Gobierno gana las elecciones, el elector se garantiza un empleo o un "favor", y el cacique refuerza su posición "con los de arriba" y "con los de abajo". "Con los de arriba", porque los dirigentes nacionales saben que el cacique es una persona con la que "hay que contar" en los momentos delicados, y "con los de abajo", porque el pueblo considera al cacique como su protector, o en otros casos, como "un conseguidor" con el que hay que llevarse necesariamente bien para trabajar. El elector rural verá en el político "de Madrid" un señor alejado que poco podrá hacer por su beneficio; el cacique, en cambio, es alguien próximo, tangible, real. El elector se dejaba corromper porque no estaba interesado en las leyes que pudiera aprobar el lejano parlamento de Madrid, sino en el "favor" inmediato que podía recibir en su pueblo. ¿Qué importancia tiene un voto al parlamento cuando el cacique premia tu lealtad en el día a día? Surge de inmediato una nueva pregunta. Si el que gobierna siempre gana las elecciones, porque se aseguraba mayoría en el parlamento, ¿cómo podía cambiar el Gobierno? En los regímenes parlamentarios de aquella época, algo distintos a los de que conocemos en la actualidad, todo Gobierno debía sustentarse en una "doble confianza", la del Rey y la de las Cortes. Si fallaba una de las dos, el Gobierno cae. Como se ha visto, el Gobierno tenía garantizaba la mayoría en las Cortes, porque "siempre ganaba las elecciones ", pero poco podía hacer cuando entraba en juego "la confianza" del Rey. Cuando el partido en el poder daba señales de agotamiento, la Corona se erigía en portavoz de la "opinión pública" del país, y cesaba al presidente. De tal suerte, la alternancia en poder no era fruto de la voluntad de los electores, sino de la pérdida de confianza del Rey en el partido que estaba en el Gobierno. Cuando caía el Gobierno, el monarca entregaba el poder al jefe de la oposición ("cambiaba el turno"), y le encargaba convocar nuevas elecciones en un futuro próximo. Y como se ha visto, los nuevos gobernantes se encargaban de amañar las elecciones acudiendo a los caciques. Para que el sistema funcionara, además del cacique y del Rey, era imprescindible que los dos principales partidos estuvieran de acuerdo en ser mayoría o minoría, según las circunstancias, lo cual no era muy difícil, porque la oposición sabía que en dos o tres años volvería a ser Gobierno. La primera tarea del nuevo presidente consistía en sustituir a los gobernadores civiles heredados del Gobierno anterior y negociar con los líderes del partido que entraba en la oposición el resultado de las próximas elecciones, en la idea de que el nuevo Ejecutivo pudiera obtener una mayoría suficiente para gobernar sin sobresaltos. El ministro de Gobernación del Gobierno entrante y el líder del partido destinado a ser minoría en las futuras Cortes, pactaban los nombres que debían presentarse por cada distrito, y los que habrían de ser elegidos. Tal era el sentido de la operación del "encasillado". El predominio de los distritos uninominales y el "saber hacer" de los caciques, aseguraba el resultado electoral, que generalmente, otorgaba al partido del Gobierno unos 230-270 escaños, algo menos de 100 al principal partido de la oposición, y el resto se dejaba a las minorías excluidas del sistema. Con este mecanismo, Cánovas y Sagasta gobernaron España durante un cuarto de siglo, intercambiando sus papeles al frente del Gobierno o de la oposición. Los resultados de las elecciones legislativas celebradas en España entre 1891 y 1901 dicen mucho acerca del sorprendente "cambio" de fidelidades políticas de los españoles. En resumen: la alternancia entre conservadores y liberales no era sincera, porque no era expresión de los deseos reales de una nación que votaba a unos o a otros en función de la eficacia de los gobiernos. El cambio de Gobierno dependía de la confianza que el Rey tuviera en los políticos de "turno". Es difícil imaginar una mayor perversión del principio de la soberanía nacional y de la práctica del sufragio universal. Caciquismo, oligarquía dominante, fraude electoral, perversión consciente del principio de soberanía nacional, uso viciado del decreto de disolución, definen con bastante claridad lo que fue el régimen político de la Restauración. Cambios económicos, sociales y culturales Sería un error pensar que la España del primer tercio del siglo XX era sólo una sociedad rural y estancada, con una economía agraria sustancialmente idéntica a la de cien años antes. Las investigaciones actuales tienden a resaltar, en cambio, las novedades del período 1900- 1930. De hecho, como país europeo, España también se vio envuelta en un cierto proceso de modernización: se desarrollaron las ciudades (Madrid, Barcelona, Bilbao), aumentó la población, disminuyó la mortandad y crecieron las clases medias. Ya a finales del siglo XIX hubo importantes novedades, que subrayamos: se consolidó el sector industrial (siderurgia vasca) y minero (carbón asturiano). La luz eléctrica comenzó a llegar a los hogares españoles a fin de siglo, y hacia 1894 hubo un verdadero boom de compañías eléctricas, paralelo al de la gran banca. Tampoco la agricultura quedó al margen de los avances, sobre todo el cultivo de vid, aceite y naranjas, orientado hacia la exportación. Pero este crecimiento fue insuficiente y no alcanzó a todos: las clases más humildes siguieron estancadas en la pobreza, y fue el movimiento sindical quien se encargó de denunciar estas desigualdades. Se ha podido hablar de la España de la Restauración como un "país dual", con grandes diferencias entre ricos y pobres, entre regiones desarrolladas y subdesarrolladas. Algo no muy distinto, por cierto, a lo que ocurría en los países de nuestro entorno. Por eso, contradiciendo las tesis contrapuestas (e igualmente exitosas) que hablan de "milagro" o de "fracaso español", se puede definir la España de 1900 como la imagen de un país "normal". Por partes: La población española creció a buen ritmo, y pasó de 18,5 millones de habitantes en 1900 a 23,5 en 1930. Este ascenso tiene mucho que ver con la bajada de la mortalidad, que pasa del 29‰ en 1900 al 18 en 1930. Si la esperanza de vida era de 35 años en 1900, en 1930 alcanzaba ya los 50. Parece ser que los factores determinantes no fueron tanto los avances médicos como la mejora de la dieta y de la higiene. Como en el siglo anterior, esta elevada presión demográfica, unida a los limitados recursos económicos disponibles, se resolvió con una alta tasa de emigración. Un millón de españoles abandonaron la península entre 1900 y 1914. Hacia 1910 cambia algo la tendencia. La inseguridad en el mundo, unida a la mejora de la calidad de vida en las ciudades españoles, puede explicar que el emigrante poco a poco prefiera la gran ciudad española a la aventura americana. Así, hacia 1930 el 42 por ciento de los españoles ya vivía en núcleos de más de diez mil habitantes. Madrid, Barcelona, Bilbao y Sevilla, por ejemplo, duplicaron su población entre 1900 y 1930. De tal manera, Barcelona ya rebasaba el millón de habitantes en 1930, y Madrid casi los rozaba. De Aragón, Valencia, Murcia, incluso Almería, los emigrantes solían marchar hacia Barcelona. La España atlántica y meseteña se orienta hacia Madrid o América (los "gallegos"), mientras que los habitantes de Castilla la Vieja suelen establecerse en Bilbao. No menos importante es decir que los que llegan a las ciudades son jóvenes comprendidos entre los 15 y los 35 años. A modo de ejemplo, apenas una tercera parte de los habitantes del Madrid de 1930 había nacido en la capital: los otros dos tercios habían llegado de fuera. Al tiempo que crecen, las ciudades se ensanchan y se modernizan. Casi todas las capitales de provincia incorporan servicios propios de la vida moderna (gas, luz, medios de transporte). Y si en Barcelona los arquitectos modernistas cambian la orografía de la ciudad (Gaudí, Doménech i Montaner, Puig i Cadafalch), en Madrid se levantan suntuosos edificios oficiales y las sedes de los principales bancos. El ritmo frenético de las edificaciones produjo un gigantesco crecimiento del sector de la construcción, convertido en el verdadero motor de la economía española. En el ámbito económico, la modernización se tradujo en un notable auge de la industria y del sector servicios. La población agrícola será del 45% en 1930, unos quince puntos menos que en 1900; la población activa que trabaja en la industria pasará, en cambio, al 27%, y la contratada en el sector servicios llegará al 28. Son pautas que nos revelan a las claras que la economía española se moderniza, aunque lo haga lentamente. En líneas generales, el panorama industrial de 1900 no es excesivamente halagüeño, aunque tampoco sea el propio de una economía estancada. Predomina la industria alimenticia, la madera, el vidrio, la pequeña metalurgia, es decir, prevalece el pequeño taller sobre la gran fábrica, y la industria de consumo sobre la industria destinada a la fabricación de bienes de equipo. Hubo, sin embargo, un factor que benefició coyunturalmente el despegue de la industria nacional: fue la Gran Guerra europea, en la que España se declaró neutral. Los países en guerra se surtieron de productos españoles, agrarios e industriales, las exportaciones crecieron de forma espectacular, y al calor de los beneficios del momento, entre 1914 y 1917 se crearon nuevas sociedades y empresas en España. Es la época de los llamados "nuevos ricos". Así, aunque la industria tradicional de Barcelona era el textil, una mayor actividad financiera durante esos años impulsará la creación de sociedades anónimas en sectores como la química, la farmacéutica, la metalurgia y la ingeniería mecánica. En el País Vasco la metalurgia, el sector naval, la hidroeléctrica, y sobre todo la gran banca (Banco de Vizcaya), convierten Bilbao en el centro del moderno capitalismo español. Algunas familias vascas se sitúan en la cúpula del Estado, controlan por medio de la banca a la gran industria e influyen decisivamente en la acción de los gobiernos. Incluso en el campo la producción de cereal, de vino y de aceite creció espectacularmente entre 1914 y 1917. Los cosecheros pusieron en cultivo nuevas tierras y contrataron nueva mano de obra. El beneficio para las clases trabajadoras y campesinas fue relativo, porque los precios aumentaron de forma desproporcionada, e incluso llegaron a escasear productos de primera necesidad, dado que los empresarios preferían exportar a surtir el mercado nacional. En suma, la economía creció mucho esos años, pero de forma muy desigual. Aunque la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial favoreció las exportaciones y la producción de nuestras industrias, este "boom" económico sólo benefició a unos pocos, ya que las clases más humildes se empobrecieron por el continuo alza de precios. El final de la guerra fue también el fin del "chollo" de los productores, que tras 1918 no dudaron en despedir y reducir salarios. Al extraordinario aumento de beneficios en sectores como el carbón, el textil o el naval (muy solicitadas en tiempos de guerra) seguiría, tras el fin de la guerra, una fuerte contracción. Lo mismo pasó en el campo. Cerraron empresas, aumentó el paro, la conflictividad social fue en aumento y, en la mejor tradición patria, el Estado español tuvo que intervenir en defensa de la industria nacional elevando los aranceles en sectores anteriormente no protegidos, como la siderurgia o las navieras. En consecuencia, el ciclo expansivo propiciado por la Gran Guerra se acabó enseguida, sin que se hubieran hecho más competitivos los grandesDocumento2  9 sectores productivos de la economía española, ni se hubieran emprendido las reformas institucionales precisas. Durante la Dictadura de Primo de Rivera el Estado se volvió más intervencionista. Mediante el recurso al gasto público se emprenden grandes obras públicas (carreteras, ferrocarriles, presas y embalses), y se subvenciona la edificación de nuevos bloques de viviendas en las ciudades, lo que benefició significativamente al sector de la construcción y a todas las industrias a él vinculadas (siderurgia sobre todo). Pero esta actuación de Primo sólo subrayaba el principal problema de la economía española: su dependencia del Estado. La industria no se sostiene en la demanda particular ni en la inversión privada, sino en la protección del Estado, que es a su vez el principal cliente de las empresas. Con una débil demanda interna y con una fuerte protección frente al exterior, la industria española se mantiene en dimensiones muy reducidas, predominando la pequeña empresa de corte familiar. Hablamos así de un capitalismo protegido, corporativo, familiar, dependiente del Estado. No se guía tanto por los principios de racionalidad, productividad, competitividad que caracterizan una moderna economía de mercado. La agricultura no fue esta vez ajena a las novedades, hasta tal punto la producción y los rendimientos agrícolas crecieron de forma sostenida. Es cierto, sin embargo, que este crecimiento fue muy desigual, pues se concentró en los sectores del vino, aceite de oliva y cítricos, tres cultivos más orientados a la exportación que al consumo interior. Cataluña con el vino y Valencia con sus naranjas son paradigma de una agricultura próspera. En contraste, la producción de cereal creció poco, sin duda porque el proteccionismo le garantizaba el monopolio del mercado español. En cuanto al régimen de propiedad de la tierra, hay notables diferencias entre norte y sur. En Andalucía, en Extremadura o en el sur de Castilla predomina el latifundio, pero los propietarios prefieren el empleo de mano de obra jornalera y barata que la inversión en máquinas, fertilizantes o riegos. A veces estos propietarios arriendan sus tierras a labradores, pero es raro que un arrendatario introduzca mejoras técnicas en unas tierras que no son suyas. La existencia de enormes masas de jornaleros mal pagados y mal alimentados será una fuente constante de problemas sociales, que explotarán con toda su intensidad durante los años de la Segunda República. A medida que nos acercamos al norte, la gran propiedad va dando paso a otra propiedad media y pequeña. El labrador del norte, aunque tiene tierras, es más pobre e inseguro, confía en las instituciones eclesiásticas, de las que obtiene créditos (Círculo Católico, Burgos), y es también proclive a un conservadurismo político de cortos vuelos. Sociedad. Junto con el rápido retroceso del analfabetismo, que aún así alcanza el 27% en 1930, conviene subrayar el declive del localismo, o sea, la pérdida de la absoluta primacía del factor local. Las pequeñas entidades de población, antes aisladas y orientadas hacia la agricultura de subsistencia, comienzan a abrirse por el doble efecto de la emigración y el transporte. El crecimiento urbano, además, pone en crisis el sistema de poder creado por el caciquismo. Aún así, las que llamamos "clases medias" siguen siendo reducidas. Lo limitado de la industrialización y del empresariado español no favoreció tampoco la aparición de una clase media de profesionales y técnicos vinculados a la moderna economía de mercado. La clase media española trabaja más bien para el Estado (burócratas, funcionarios) o vive del ejercicio de las llamadas profesiones liberales, pero no participa de la cultura del riesgo económico. Sí habrá, sobre todo en las ciudades, pequeños industriales y comerciantes que no responden en absoluto al estereotipo del gran capitalista. Son los pequeños burgueses, que con frecuencia trabajan codo con codo con sus obreros, entre los que ahora así, irrumpen con fuerza dos grandes sindicatos, UGT y CNT. Pequeños patronos y obreros se considerarán a sí mismos como "pueblo", y en 1931 actuarán en abierta oposición con la vieja oligarquía terrateniente y especuladora que había controlado la vida política y económica en las últimas décadas. Precisamente esa oligarquía, incapaz de abrir el sistema de poder a nuevas clases sociales y contraria a todas las grandes reformas, será la gran derrotada con la proclamación de la Segunda República en 1931. Un último aspecto que caracteriza la sociedad española del momento es la marginalidad de la mujer. España era aún una sociedad tradicional y católica, cuyos códigos legales coartaban no pocas de las libertades del género femenino. El primer tercio del siglo XX fue por último un período muy fructífero de la cultura española. A la "generación del 98" sucederán la del 14 (con nombres como Ortega y Gasset, Salvador de Madariaga, Gregorio Marañón, Juan Ramón Jiménez, Manuel de Falla o Ramón Pérez de Ayala) y la del 27, que vivirá su mejor momento en los años de la II República. La ciencia contará con financiación pública tras la creación en 1907 de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, cuyo primer presidente fue Santiago Ramón y Cajal. Se hablado con justicia de una "Edad de Plata" de la cultura española. Lo curioso es que esta explosión cultural se produjera en un país con un alto índice de analfabetismo y una tasa de escolarización baja, consecuencias uno y otra de un deficiente sistema educativo. Las tiradas de los principales periódicos eran modestas, aunque la parte de la población alfabetizada leía mucho más que en la actualidad, y por eso sus opiniones tenían mayor peso. En Cataluña el resurgir cultural tuvo su mejor expresión en el modernismo y en el novecentismo, dos movimientos que, a caballo entre lo nuevo y lo viejo, pretendían abarcar todas las formas de expresión artística (arquitectura, pintura, escultura, literatura, música). Sobresalen nombres como el escritor Joan Maragall, el pintor Santiago Rusiñol o el ensayista Eugenio d'Ors.

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